El proceso de pintar un cuadro comienza con la idea. Visualizar en colores, texturas y materiales lo que quiero expresar no tiene un tiempo definido, pueden ser semanas o tan solo minutos. Y esto es así, porque en cada milímetro del lienzo se refleja una parte de mí. La emoción de pensar en lo que voy a comenzar es la puerta de entrada a un mundo diferente cada vez. Cuando mis manos utilizan las herramientas, manipulan los materiales, elaboran las texturas y definen los trazos, aparecen los colores y matices que van despertando sensaciones cada vez más intensas. Hay algo mágico en todo el proceso. Imaginar el cuadro terminado y el lugar donde podría mostrarse es parte de la emoción. Lo que más me apasiona es comprobar que esa magia transforma positivamente a las personas que disfrutan conviviendo con un cuadro en su entorno cotidiano, y por tanto en sus vidas.